Por Antonio García

La pretendida independencia unilateral de Cataluña viene siendo el asunto político mayor de los últimos meses, con derivas que han producido enfrentamiento y fractura en la sociedad, en familias, en relaciones de amistad, en parroquias. La tensión es fuerte allí y repercute también aquí. Cuando la pasión se extrema genera aversión, rechazo, rencor, deseo de mal, violencia. Un análisis razonado y sereno, con pretensión de verdad, no resulta fácil. Todo es emotivo y parcial.
En esta situación cabe la pregunta: ¿Y los cristianos cómo nos situamos? ¿El Evangelio tiene algo que decir?
La tendencia primera es pensar que no, pues se trata de ámbitos diferentes. Y es cierto. El Evangelio no tiene soluciones concretas a los problemas políticos y las personas son libres de apoyar la causa que creen más justa; pero no lo es menos que en el contraste con la realidad ganan fuerza valores que el cristiano no puede soslayar. Diálogo, escucha, verdad, respeto, bien común, encuentro, acuerdo,... son valores cívicos que la buena política debe incluir. Y son también, junto con el perdón y el amor, valores evangélicos.
Aparte de legalidades y legitimidades, y más allá de ideologías, las personas podemos aportar actitudes y valores, que nos ayuden a respetar derechos y dirimir diferencias con el menor coste posible para la relación entre los ciudadanos y en bien de la sociedad. Los cristianos aún más, pues aspiramos a crear una sociedad fraterna. La solución concreta ha de ser política, pero las personas podemos poner espíritu. Si es de reconciliar, los políticos se verán abocados a tenerlo en cuenta.

“No amemos de palabra, sino con obras”

El año pasado, al terminar el Jubileo de las personas marginadas, el Papa Francisco propuso una Jornada mundial de los pobres. El 19 de noviembre de este año se ha celebrado ya esta primera jornada con este lema: “No amemos de palabra sino con obras”.

Aquel 13 de noviembre de 2016 decía el Papa para motivar la necesidad de una jornada así: “Precisamente hoy cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios”.
Dos objetivos para esta Jornada: en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro; e invitar a todos, independientemente de su credo, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo de fraternidad. Y en segundo lugar, promover una caridad que nos lleve a seguir a Cristo pobre y a un verdadero encuentro con el pobre. Como recuerda Francisco, los pobres no son solo destinatarios de obras de buena voluntad, sino también sensibilizadores de nuestra conciencia y de la injusticia social.
Ojalá esta Jornada no se pierda en el bosque de las mil y una jornadas tanto eclesiales como sociales en las que estamos envueltos.

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