Mateo 25,35   J. A. Pagola

«Tuve hambre, y me disteis de comer;
tuve sed, y me disteis de beber;
era forastero y me alojasteis»

Los cristianos llevamos veinte siglos hablando del amor. Repetimos constantemente que el amor es el criterio último de toda actitud y comportamiento. Afirmamos que desde el amor será pronunciado el juicio definitivo sobre todas las personas, estructuras y realizaciones de los hombres.
Es sorprendente observar que Jesús apenas pronuncia en los evangelios la palabra «amor». Tampoco en la parábola que nos describe la suerte final de los hombres. Al final, no se nos juzgará de manera general sobre el amor, sino sobre algo mucho más concreto: ¿Qué hemos hecho cuando nos hemos encontrado con alguien que nos necesitaba? ¿Cómo hemos reaccionado ante los problemas y sufrimientos de personas concretas que hemos encontrado en nuestro camino?
Lo decisivo en la vida no es lo que decimos o pensamos, lo que creemos o escribimos. No bastan tampoco los sentimientos hermosos, la compasión o las protestas estériles. Lo importante es ayudar a quien nos necesita.
A veces se nos olvida que, según la advertencia de Jesús, estamos preparando nuestro fracaso final, siempre que cerramos nuestros ojos a las necesidades ajenas o eludimos cualquier responsabilidad o nos contentamos con criticarlo todo, sin echar nunca una mano a nadie.
La parábola de Jesús nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿estoy haciendo algo por alguien?, ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda?, ¿qué hago yo para que reine un poco más de justicia, solidaridad y amistad entre nosotros?
La última y decisiva enseñanza de Jesús es ésta: el reino de Dios es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. Esto es lo esencial y definitivo. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa que el amor es la única verdad y que Dios reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás.

David García

Aquella pareja llevaba casada 60 años. Los dos tenían 85 años. Se conservaban muy bien gracias al interés y cuidado de la esposa en materia de alimentación sana y ejercicio diario. A pesar de tanto sacrificio en las dietas para gozar de buena salud y larga vida, tuvieron un accidente y fueron directos al cielo. En la puerta les esperaba San Pedro, que les recibió muy bien. Vieron una hermosa mansión con todas las comodidades. Y una despensa en la que había de todo: mariscos, caza, variedad de carnes, postres y dulces exóticos.
- Este es vuestro nuevo hogar, vuestro premio en el cielo. A disfrutar - dijo San Pedro.
- Pero, ¿dónde están los alimentos bajos en calorías y grasas, los descafeinados y los edulcorantes? – preguntó la pareja.
- En el cielo se puede comer de todo lo que se quiera sin engordar o perder la salud – replicó San Pedro.
- ¿Y los análisis de sangre, las tomas de tensión arterial y las visitas médicas? - insistió la pareja.
- No es necesario. Estamos en el cielo – dijo sonriendo San Pedro.
Entonces, el marido echa una mirada acusadora a su señora y le dice:
- ¡Tú, tu régimen y tu vida sana! ¡Hace mucho tiempo que ya hubiéramos estado aquí!

(Anónimo)

 

Como quien no quiere la cosa, este cuento plantea una cuestión de gran importancia: el cuidado de la vida y la salud. Así lo entiende y lo expresa el pueblo llano: ¡lo importante es la salud!
Es el mejor regalo que tenemos, y también la mayor obligación: cuidar la vida para que no se estropee. Desgraciadamente mucha gente vive en unas condiciones tan inhumanas que es casi un milagro conservar la vida: pobreza extrema, trabajos peligrosos, contaminación…
Son sorprendentes los relatos evangélicos presentando a un Jesús preocupado por restablecer vidas rotas y maltrechas: enfermos, ciegos, pecadores… Además esta actividad curativa de Jesús era signo y expresión de la voluntad de Dios que quiere para todos una vida plena.
Nada tiene que ver esto con la manía enfermiza de exhibir cuerpos musculosos y exuberantes. Es la nueva religión del culto al cuerpo. Se olvidan otros valores; incluso más grandes que la misma vida y la salud. Por eso la inversión mejor que podemos hacer de nuestra vida es desgastarla en favor de los demás. Así lo hizo literalmente Jesús que la entregó por todos.

Recibe Utopía

Apúntate y recibe la revista Utopía en tu correo.

Free Joomla! template by Age Themes