Desobediencia financiera

“Hasta que no tengan conciencia de su fuerza,
no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado,
no serán conscientes.”

Carlos Ballesteros

Empezó como un juego y ahora se ha convertido casi en una necesidad. Desde finales de julio, en mi familia, hemos restringido el pago de las cosas que hacíamos con tarjetas y ahora pagamos casi todo en efectivo.
Empezó en verano, gastándonos el dinero que vamos ahorrando durante el año para las vacaciones: echamos en una hucha todas las monedas de 2€ que caen en nuestras manos desde el 1 de septiembre y al llegar julio tenemos ahorrada una interesante cantidad que nos permite, si no pagar las vacaciones, sí una parte sustancial de las mismas.
Y cuando se acabaron, decidimos seguir pagando en efectivo y sin usar la tarjeta para costear campings, restaurantes e, incluso, la gasolina del coche. Fuimos al banco, sacamos una importante cantidad de dinero y fuimos usándola allá donde nos encontrábamos. Era el juego del escondite.
Si no usamos la tarjeta –ni siquiera para sacar dinero del cajero- el Gran Hermano no sabe dónde estamos, no puede perseguirnos ni seguir nuestro patrón de gastos. Le escondemos hábitos de compra y gasto y se encuentra a ciegas, desorientado. Ya no puede usar sus algoritmos para ofrecernos más y más.
Volvimos a casa. Inicio de la rutina y del curso. Y decidimos seguir con el apagón financiero. Así que, conscientes de nuestra fuerza y desobedientemente, nos hemos ido rebelando contra un sistema que controla cada uno de nuestros pasos. Poco a poco vamos haciendo cada vez más opaca para ese monstruo nuestra vida económica familiar. Ya no sabe si vamos a las rebajas o no, si hemos tenido que comprar mucha o poca ropa para empezar el año ni si era deportiva o más de vestir. Ya no puede seguir nuestra cesta de la compra ni saber si nuestro consumo de productos cárnicos envasados es superior o inferior al de la media de las personas estadísticamente similares a nosotros.
No alimentamos al Big Data, versión en el siglo XXI del Big Brother de Orwell en 1984 y nos sentimos bien, conscientes de que nuestra rebelión es apenas una gota en el océano pero convencidos de que vamos por el buen camino.
Y hemos hecho alguna cosa más. Fácil, casi se podría decir que llena de ingenuidad, pero  tenemos desactivados todos (¿todos?) los sistemas de los teléfonos, ordenadores y demás cachivaches electrónicos que nos geolocalizan y nos encuentran en un mapa. Tampoco tenemos activada la doble comprobación (los famosos ticks azulitos) del WhatsApp.
No, no es fácil. Pero la rebelión no es gratis: Como Winston y Julia, los protagonistas de 1984, hemos decidido desobedecer al Ministerio de la Verdad y ser opacos, desaparecer paulatinamente de sus hojas de cálculo y sus ficheros e impedirles hacer su trabajo. ¿Os apuntáis?

... de una evangelización sin Espíritu

J.A. Pagola

La Iglesia nace, vive, crece y evangeliza animada por el Espíritu. Él es el «dador de vida», el principio vital que impulsa la acción evangelizadora. Por eso, el mayor error que puede cometer la Iglesia de hoy, al impulsar la nueva evangelización, es pretender sustituir con la organización, el trabajo, la estrategia o la planificación lo que sólo puede nacer de la fuerza del Espíritu.
El olvido del Espíritu trae siempre graves consecuencias para la evangelización. Sin el Espíritu, Cristo se queda en un personaje del pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia pura organización. Sin el Espíritu, el trabajo pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional, la evangelización en propaganda religiosa, la acción caritativa en servicio social.
Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, la liturgia se congela, los carismas se extinguen, la esperanza es reemplazada por el instinto de conservación, la audacia para la misión desaparece. Sin el Espíritu, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace adoctrinamiento, la vida de la Iglesia se apaga en la mediocridad, incapaz de irradiar y comunicar la Buena Noticia de Dios al mundo actual.
Esta experiencia del Espíritu en una Iglesia que desea impulsar una nueva evangelización no se puede planificar ni programar. Ella misma es don gratuito del Espíritu. Pero sí se puede suscitar la invocación, despertar la atención a lo interior, sugerir caminos de apertura al Espíritu, cuidar más la oración apostólica propia del evangelizador, impregnar y animar nuestro trabajo de alabanza y adoración.

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