Marcos 1, 41-42

Óscar de la Fuente

«Jesús compadecido,
extendió la mano y lo tocó…
e, inmediatamente, quedó limpio»

«Tener misericordia», «ser compasivo», «tener lástima», «compadecerse», «tener entrañas de misericordia», «estremecerse en lo más profundo del ser ante la debilidad del otro», «hacer propio el dolor del otro»… son expresiones que quieren traducir un verbo “técnico” que, aunque aparece pocas veces en los evangelios, describe a la perfección el ser y el actuar de Jesús, el ser y el actuar del Padre «bueno y misericordioso».
Esto se puso de manifiesto cuando aquel leproso se acercó a Jesús suplicando «quedar limpio». Un hombre estigmatizado por la enfermedad, marginado, despreciado, apartado de la sociedad, a quien se negaba la relación con Dios, espera que Jesús le sane y le devuelva la dignidad que le había sido arrancada. Y Jesús, «compadeciéndose, extendió la mano y lo tocó… e, inmediatamente, quedó limpio».
En las palabras, acciones y gestos de Jesús se transparenta la misericordia de Dios, que quiere que el hombre viva con dignidad. Dios quiere liberar al ser humano de la esclavitud de la injusticia y la marginación (personal, social y religiosa). El gesto de Jesús, «tocó al leproso», encierra en sí una lección magistral de «compasión – misericordia – ternura». El mensaje de Jesús libera, rompe la injusticia y expresa la acogida amorosa del Dios de la vida.
Cuando Jesús envió a sus discípulos, les encargó la misión de «proclamar la buena noticia del reino de Dios y curar toda enfermedad y dolencia». El evangelio llama a realizar sus mismos gestos, a llenar la vida de relaciones que sanen, que ayuden a potenciar lo mejor de cada uno, que den sentido a la existencia… Un mensaje que es fuente de vida sana y salud integral.
J.A. Pagola recuerda a las comunidades cristianas: «Hemos de valorar y cuidar las posibilidades que encierra una comunidad viva para el hombre y la mujer de hoy: la experiencia de la fe compartida, las relaciones de amistad fraterna que se pueden crear y cultivar en la comunidad, la celebración gozosa del domingo, el escuchar juntos el evangelio recordando y actualizando a Jesús, el canto comunitario, la oración, el silencio, son otras tantas experiencias cuya fuerza pacificadora, humanizadora y curadora hemos de valorar y acrecentar».

David García

Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debía clavar un clavo en la cerca de detrás de la casa.
El primer día, el niño clavó 37 clavos en la cerca. Pero poco a poco fue calmándose, porque descubrió que era más rentable controlar su carácter que clavar los clavos en la cerca.
Finalmente, llegó el día en que el muchacho no perdió la calma para nada y se lo dijo a su padre. Este le sugirió que por cada día que controlara su carácter debía sacar un clavo de la cerca. Pasaron los días, y el joven pudo decirle a su padre que ya había sacado todos los clavos. Entonces el padre llevó de la mano a su hijo a la cerca de atrás.
Y le dijo: “Mira, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca. Nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas con mal genio, dejas una cicatriz, como este agujero en la cerca. Es como meterle un cuchillo a alguien, aunque lo vuelvas a sacar, la herida ya quedó hecha. No importa cuántas veces pidas perdón, la herida está allí. Y una herida física es igual de grave que una herida verbal”.

(J.C. Bermejo)

Las acciones humanas siempre producen efectos en los demás. Aunque aparentemente no se note, siempre dejan huella. Si la las acciones son malas, las huellas se convierten en heridas. Lamentablemente tenemos la capacidad de hacernos daño. Lo mismo sucede con el lenguaje y las palabras: algunas son flechas envenenadas.
Todos llevamos los rasguños que la vida y los demás nos proporcionan, y que dañan y desfiguran la personalidad, así como la imagen que Dios grabó en nosotros. Por más que restañemos esas heridas, siempre quedarán las cicatrices. También las palabras y acciones buenas dejan su huella, tanto en los que las hacen como en los que las reciben. Esta vez para reforzar y hermosear la imagen que llevamos dentro.
Pero la historia no termina aquí, porque al final, Dios nos recogerá a todos y curará todas nuestras heridas, tanto las que hicimos como las que nos hicieron. Él, que lo hizo todo bien, no permitirá que nada malo permanezca. El mal será aniquilado para siempre. En cambio, gracias a su gracia, todo el bien que hicimos quedará eternizado. Para dicha nuestra y alabanza suya. Nuestras heridas brillarán como las llagas de Cristo.

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