Cuaresma

austeridad
compasión
bondad
justicia
dignidad

José García Caro

Un año más, la Iglesia hace sonar su grito: «¡Es la Cuaresma! ¡Convertíos!».
La Cuaresma es nuestra primavera, una estación llena de alegría, porque se renueva la vida. Si la naturaleza pregona esta vida en sus praderas y en sus árboles en flor, la Cuaresma nos viene a señalar que el «Reino de Dios está cerca» y su justicia, libertad y fraternidad comienzan a abrirse caminos entre los hombres y mujeres. Por eso, invita a pasar de la pasividad a la decisión, del egoísmo al amor, de la búsqueda de intereses a la solidaridad; a generar y crear una vida más humana; a despertar todas las posibilidades que hay en nosotros y a volver a empezar. A no conformarse con arrastrar la vida, ni resignarse ante la situación dada, porque Dios quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.
Para ello, el Evangelio nos ofrece unas referencias evangélicas:
1. La austeridad y la pobreza evangélica, para afrontar la cultura del consumismo que nos consume y destruye nuestro planeta, y para combatir la pobreza extrema de la mitad de la tierra. La felicidad no llega por poseer más.
2. La humanización desde la compasión. La mejor penitencia cuaresmal es la compasión que se hace cargo del sufrimiento de alguna víctima, como forma de luchar contra la cultura de la indiferencia ante los que sufren.
3. La mirada bondadosa a las personas y al mundo. El Dios creador lo hizo todo bueno, y al hombre y la mujer a su imagen. Esa bondad radical del ser humano no obsta para reconocer que también en las personas actúa el pecado, el egoísmo… Por eso necesitamos redención y liberación.
4. La práctica de la justicia y la defensa de la dignidad de todas las personas. Según Isaías: «Este es el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, partir el pan con el hambriento, recibir en tu casa a los pobres sin hogar, vestir al desnudo, no apartarse del semejante»… Si esto sucede, la Cuaresma será un «tiempo de gracia».
Esta conversión no es algo forzoso, sino algo que va creciendo en nosotros en la medida que vamos encontrándonos con el Dios que nos quiere más humanos; no es algo triste, sino el descubrimiento de la raíz de la alegría; no es dejar de vivir, sino sentirse más vivo que nunca… Es ir limpiando nuestra mente de egoísmos, nuestro corazón de las angustias de nuestro afán de tener…, y vivir para los demás un poco más libre.

Confiar y dejarse sorprender

Ricardo Fernández

Obsolescencia programada es la programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante, éste se torno obsoleto, no funcional, inútil o inservible, y hay que comprar otro nuevo que lo sustituya.
Muchas personas, que tenemos ya una edad adulta, compartimos la sensación de vivir tiempos donde la vida conocida tiene los días contados y se ha quedado obsoleta. Nos cuesta superar los miedos de la incertidumbre, no sabemos vivir los tiempos que caducan, no sabemos vivir la obsolescencia de la propia vida y la vida de los que amamos. No sabemos vivir los finales de etapa, la caducidad de lo aprendido, la zona paliativa de la existencia. Nos toca aprender por el camino cuando las preguntas de la vida, que crecen y se desarrollan, nos estallan como una novedad entre las manos.
Pero sí podemos aprender de nuevo a confiar que la vida es más grande de lo que nuestra mente se resiste a dejar de controlar y abarcar. Confiar que siempre todo crece bien y poco a poco va a buen lugar. Confiar que la gente buena trabaja y sostiene sigilosamente la cuerda del mundo, que los espíritus y los dioses actúan y soplan, que tenemos capacidades valiosas dormidas que, al despertar, nos envuelven en vuelos inimaginables.
Aprendemos a confiar, a creer, a crear, a permitir, a dejarnos llevar por el espíritu de la sabiduría y la confianza, a renunciar a controlar, a no taponar los aromas y no entorpecer la llegada de lo bueno por nuevo que sea. Aprendemos a renunciar a lo aprendido que ya se ha quedado caducado para que no se convierta en atasco y cerrazón ante lo nuevo por aprender. Aprendemos a andar ligeros, a resetear las mentes, a permitir lo bueno, a bendecir la vida que emerge sin mi control y poder. Aprendemos a desnudarnos y vivir ligeros al viento y a ser agradecidos e ir de nuevo a la escuela de la vida como niños primerizos que confían y se dejan sorprender de nuevo. En una mano recogemos las obsolescencias de la vida y en la otra nos dejamos sorprender.

Recibe Utopía

Apúntate y recibe la revista Utopía en tu correo.

Free Joomla! template by Age Themes