J.A. Pagola (*)

El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, no puede acallar del todo un interrogante que envuelve en profundidad toda su existencia: ¿qué sentido tiene la existencia? ¿De dónde venimos? ¿Quién soy yo? ¿Quién es el ser humano? ¿Qué es lo que buscamos? Son preguntas a las que la ciencia y la técnica no pueden responder. Hasta ahora las religiones han sido las dadoras de sentido. Hoy la religión está en crisis. Sin embargo, con es previsible que el ser humano se acostumbre su existencia como algo sin sentido.
Sea cual fuere la respuesta que se dé al sentido último de la existencia, hay algo que parece imponerse de forma clara. El ser humano no se realiza si no es haciendo el bien. Las distintas formas de entender la existencia pueden llevarnos a pensar de forma diversa acerca de lo que es bueno o malo, de lo que debemos hacer o evitar, pero la llamada que experimenta la conciencia humana a hacer el bien parece una constante inherente al ser humano.
El proyecto humano está inseparablemente unido a la urgencia que sentimos las personas a hacer el bien. El hombre necesita actuar en el horizonte de un proyecto capaz de conducirlo hacia su propio bien, hacia su realización, hacia niveles de existencia siempre más dignos del ser humano.
¿En el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes más hondos, no hemos de reconocer al Misterio último de la realidad que los creyentes, no todos, llamamos “Dios” como posible fuente de salvación? Un Dios del que muchos dudan y al que no pocos han abandonado. Un Dios por el que tantos siguen preguntando.

(*) J. A. Pagola, 4 caminos de evangelización, págs. 18 - 21

Marta García

Miguel Pérez

“Nunca debemos olvidar
que si estamos aquí es para ayudar a los demás”

A Marta García siempre le llamó la atención el mundo de la discapacidad. El hecho de sufrir una pequeña dislexia podría haberse convertido en una dificultad insalvable en su proceso educativo. Pero ya desde niña, cuando iba al colegio Santo Ángel de Badajoz, la convencieron de que esa ligera dificultad para entender los textos escritos no debía frenar sus sueños. «Recuerdo el apoyo de muchos profesores, pero especialmente de la hermana Silvia. Ella siempre me decía que podría llegar donde me propusiera».
Ese espíritu de superación le permitió completar un itinerario formativo que siempre ha tenido presente a las personas que sufren algún tipo de limitación. Su primera gran experiencia con el mundo de la discapacidad la vivió en Sevilla junto a los Maristas. Allí trabajó como voluntaria en un centro para personas con necesidades especiales y eso la animó a estudiar Atención Sociosanitaria.
Ese ciclo de grado medio sólo se impartía en Zafra, por lo que tenía que levantarse a las 5.15 de la mañana para subir a un autobús de línea. «Volvía a casa a las 5 de la tarde, no fue fácil», afirma.
En todo ese proceso formativo Marta ha estado muy ligada a la Juventud Estudiante Católica (JEC), un movimiento de Acción Católica en el que ha interiorizado que la vida «sólo tiene sentido si lo aprendido se pone al servicio de quienes más lo necesitan».

Ese convencimiento personal la llevó el pasado verano a viajar a Ecuador con las religiosas del Santo Ángel, que trabajan en un barrio marginal. «Ellas están en El Florón, un barrio de Portoviejo. Yo siempre explico que es un lugar con problemas de droga y marginación similares a los que pueda haber en el barrio de Los Colorines de Badajoz».
Cuando planteó que iba a vivir una experiencia de voluntariado de este tipo, hubo quien trató de convencerla de que no merecía la pena. Marta no oculta que ir a una zona de misión siempre fue un sueño y ahora que ha vuelto cree que el conocimiento de esa realidad marcará su vida para siempre.
Marta está convencida del valor de los discapacitados y siempre que le preguntan por qué se dedica a ellos responde de la misma manera: «La discapacidad es algo que nos puede afectar a cualquiera. Un accidente de tráfico, por ejemplo, puede provocar una lesión que impida moverse, pero eso no quiere decir que no tengas sentimientos y que no puedas aportar cosas positivas. En realidad, todos somos un poco discapacitados en algo, nadie es perfecto en todo, y eso nos demuestra que con el apoyo necesario se pueden conseguir grandes cosas. Nunca debemos olvidar que si estamos aquí es para ayudar a los demás».

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