Juan 1,38 -  Óscar de la Fuente

 

 

 

«Jesús se volvió y,
viendo que lo seguían,
les preguntó: ¿Qué buscáis?
Ellos contestaron:
Maestro, ¿dónde vives?»

 

 

 

¿Qué buscaban aquellos discípulos de Juan Bautista cuando le escucharon referirse a Jesús como «el Cordero de Dios»? ¿Qué les faltaba en su vida para seguirle al oír estas palabras? ¿Qué necesitaban para decidirse a abandonar a su maestro y caminar detrás de un hombre al que no conocían? ¿Qué esperaban encontrar tras las huellas de Jesús? ¿Qué sintieron al verle pasar de largo?
Dicen que el ser humano vive toda su existencia como una continua búsqueda. Buscamos satisfacer nuestras necesidades más básicas; necesitamos rodearnos de personas que nos ayuden a crecer en todas las dimensiones de la vida; anhelamos encontrar sentido a lo que hacemos y vivimos; aunque a veces no lo definamos así, buscamos la felicidad… Parecemos exploradores insatisfechos siempre a la búsqueda, tratando de descubrir senderos nuevos por los que caminar.
«Maestro, ¿dónde vives? Les dice Jesús: Venid y veréis». La propuesta de Jesús no es fácil, requiere ponerse en camino, seguir sus huellas. No se trata de una teoría, de una ideología que explique la realidad y el sentido de las cosas. Su ofrecimiento es experimentar el encuentro con su persona y acoger su estilo de vida. Para ello es necesario ir en pos de él.
Y así fue. «Ellos fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día». No sabemos qué vieron en Jesús, qué les fascinó en aquel primer encuentro. Sólo a medida que vamos leyendo los evangelios descubrimos cuál es ese misterio de su persona. Quedarse con él es querer conocerle, compartir su vida, aprender de él; es hacer propio su proyecto de vida, de persona, de sociedad.
Ahora bien, el proyecto que ofrece Jesús no es un camino fácil. Supone abrazar una existencia en favor de los demás, de entrega absoluta, hasta el extremo. Un proyecto en el que «darse a los demás», «hacerse último», «renunciar a uno mismo» es el mayor motivo de alegría. El camino que pasa por la pequeñez, por hacer de los pobres el centro de nuestra existencia.
Esto es lo que aquellos dos discípulos del Bautista encontraron en Jesús; lo que les fascinó; el camino que decidieron seguir. ¿Quiero que éste sea también mi camino?

David García

“Papa,¿existen los reyes magos?”. Así, de sopetón, le preguntó una niña a su padre. El padre se quedó mudo, miró a su mujer tan sorprendida como él, y hubo un silencio.
-Es que mis amigas – insistió la pequeña – dicen que son los padres los que hacen de Reyes… ¿no me habréis engañado, verdad?
-No, nunca te hemos engañado – contestó el padre no muy convencido.
Entonces el papá cogió a su hija y la sentó a su lado, abrazándola, y le contó esta historieta:
“Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente, guiados por una estrella, se acercaron al Portal para adorarlo. Le llevaron muchos regalos, y el Niño se puso muy contento y parecía feliz. Entonces, Melchor, el más anciano de los tres, dijo:
-¡Es maravilloso ver a un niño tan feliz! Me gustaría llevar regalos a todos los niños del mundo para hacerles felices.
-Es verdad -  contestaron Gaspar y Baltasar – Pero somos muy viejos y no podemos llegar a tantos millones de niños como hay en el mundo. Solo si tuviésemos miles de pajes que nos ayudasen, podríamos hacerlo.
Estando en esta conversación, se oyó una voz en el Portal; era la voz de Dios que les comunicó estas palabras:
-“Sois muy buenos, queridos Reyes Magos. Quiero ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Voy a proporcionaros, no uno, sino dos pajes por cada niño. ¿Hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus padres?”
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezaron a comprender lo que estaba planeando. Y la voz volvió a oírse de nuevo:
-Puesto que así lo habéis querido, y para que en nombre de los tres Reyes Magos de Oriente reciban regalos, yo ordeno que en Navidad, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega se haga como si la hicieran los propios Reyes. Y cuando sean mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia”.
Cuando el padre de Blanca – así se llamaba la niña – hubo terminado esta historia, se levantó la pequeña y dando un beso a sus padres, dijo:
-Ahora lo entiendo todo, papá. Estoy muy contenta de saber que me queréis y no me habéis engañado.

(Adaptación de un Cuento
de J. C. Bermejo)

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