Domesticamos el evangelio

 

 

lo mutilamos,
lo acomodamos,
lo volvemos
políticamente correcto.

 

 

 

 

 

 

Víctor Codina

Muchas veces descartamos textos evangélicos que nos resultan difíciles de comprender. Por ejemplo: que lo que hacemos a los pobres, se lo hacemos a Jesús, que a los pequeños les han sido revelados los misterios del Reino ocultados a los sabios y prudentes, que en el Magnificat se diga que Dios ha derribado del trono a los poderosos y exaltado a los humildes, que en las bienaventuranzas se proclame que los pobres son felices y se lance un ¡ay a los ricos!, que Dios prefiera la misericordia a los sacrificios... Incluso nos parece correcto que el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo no quisiese participar del banquete festivo.
Tampoco nos hemos tomado en serio lo de no llamar a nadie padre ni maestro, pues llamamos padre a los sacerdotes, excelencia a los obispos, eminencia a los cardenales y santidad al Papa.
Tampoco nos gusta en absoluto escuchar que hemos que estar vigilantes, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Y eso de la resurrección nos resulta tan extraño que preferimos pensar que el alma es inmortal, como decían los filósofos griegos y los sabios romanos.


A muchos varones escandaliza que unas mujeres ungieran los pies de Jesús con perfumes y lágrimas, que la hemorroísa le tocase el fleco del manto y que una mujer sirofenicia hiciese cambiar de planes al mismo Jesús. Tampoco gusta que Jesús se apareciera primero a las mujeres y que les encargase anunciar la resurrección a los discípulos.
En resumen, vamos acomodando el evangelio a nuestro estilo de vida, mundanizamos la Iglesia, vivimos un cristianismo burgués, sin cruz ni resurrección, con una religión a la carta.
Domesticamos el evangelio, lo mutilamos, lo acomodamos y lo volvemos políticamente correcto. Hemos transformado la Navidad en la fiesta del consumo. La sal ha perdido su sabor, nos hemos convertido en piadosos fariseos que cumplen ritos y normas exteriores, la fe se reduce a una especie de bechamel que cubre por fuera pero no transforma la vida.
¿Nos extrañará que muchos jóvenes y no jóvenes, hombres y mujeres, se alejen de este estilo de Iglesia? ¿Resulta raro que el Papa Francisco hable de reformar la Iglesia? No podemos extinguir el fuego del Espíritu.

 

fracasar

“Hay que luchar por que todo mejore,
y también aceptar que se puede vivir
sin alcanzar objetivos
y fracasando temporalmente”

Borja Casani

Ricardo Fernández

A veces nos sentimos agobiados y presionados por los resultados, el éxito y la excelencia, de tal manera, que nos cuesta aceptar lo que somos, (que no somos gran cosa) y se nos olvida vivir una vida que merezca la pena.
No siempre vamos a ganar en el mus, ni nuestros hijos van a cumplir nuestros planes sobre ellos, ni siempre nos sale una gran paella cuando hay invitados. No siempre llueve cuando sembramos ni se asegura una cosecha exitosa al final de la campaña. No siempre nuestras células van a estar sanas y jóvenes…
Aceptemos el hecho de que habrá épocas buenas y épocas no tan buenas, periodos de avance y, quién sabe, de retroceso. Es posible que crezcamos más de lo que somos capaces de imaginar y en todos los órdenes, pero también es posible que nos estanquemos y fracasemos en algunos tramos de la vida.
“Tras los vaivenes de la vida late un camino mayor que acompaña y protege a los que siguen adelante. En el fragor de la batalla de la vida, es fácil luchar cuando estamos ganado. Es fácil sufrir y ser valientes cuando empieza a alborear el éxito. Pero el hombre y la mujer que es capaz de recibir la desesperación y la derrota con alegría, ese es el hombre y la mujer al que elige la vida. El hombre y la mujer que es capaz de abrirse camino hasta su propia cumbre es el hombre y la mujer que puede luchar cuando va perdiendo” .

(Germán Gonzalez Andrés)

Recibe Utopía

Apúntate y recibe la revista Utopía en tu correo.

Free Joomla! template by Age Themes