Mateo 22, 37-40       Óscar de la Fuente

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…
y a tu prójimo como a ti mismo»

Los judíos de la época de Jesús conocían perfectamente los mandamientos. Y sabían que amar a Dios era el primero y principal. No en vano formaba parte de la oración que todo judío sabía de memoria: «Escucha, Israel, el Señor es uno sólo; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…». Amar a Dios era reconocer todo lo que de Él habían recibido y todo lo que hacía por su pueblo. Dios estaba de su lado, y esperaba el reconocimiento y adoración debidos: amarle por encima de todo, ponerle en el centro de sus vidas.
Junto a éste, había otro mandamiento fundamental: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». ¿Quién era ese “prójimo”? ¿Quién debía ser el objeto de ese amor? Para la mayoría del pueblo, así lo enseñaban los rabinos, el prójimo era el cercano, el vecino, el familiar. Se trataba, en definitiva, de aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. Otros ampliaban el círculo y consideraban que prójimo era todo aquel no judío que vivía en medio de ellos, respetando y valorando la fe del pueblo. Eran los llamados “temerosos de Dios”. Y, por fin, había quienes ampliaban más el concepto de prójimo, haciéndolo extensible a todos, incluidos los extranjeros.
Lo que les enseñó Jesús, y a nosotros también, es que no se puede separar un mandamiento del otro. El “amor a Dios” se manifiesta en el “amor al prójimo”. Y, prójimo entendido como cualquier persona que me encuentro en el camino. Nadie es excluido. Un amor que se traduce de muchas maneras: respeto, cercanía, cariño, perdón, misericordia, acogida, justicia, dignidad, denuncia…
Si los cristianos viviéramos este doble mandamiento, todo lo demás sobraría. No harían falta normas, ni códigos, ni autoridades, ni cumplimientos dominicales… Sólo amor: a Dios y al prójimo. Un amor universal, inclusivo, sin barreras ni condiciones. ¿Quién se atreve a vivir así?

David García

Un hombre devoto vivía en una choza en lo más profundo del bosque. Se pasaba el día rezando y ayunando. Creía que cuantas más oraciones recitara, más santo sería. Por eso decía oraciones entre dientes una y otra vez. Se le ocurrió que sería una idea estupenda contar las oraciones que rezaba para, al final de la vida, ofrecérselas a Dios. Por eso cada vez que rezaba introducía una nuez en un tarro grande. Con el tiempo llegó a tener innumerables tarros alineados.
Un día un monje que pasaba por allí le preguntó que hacían todos aquellos tarros a lo largo del camino. Lleno de orgullo, contestó:
- Me recuerdan a Dios y el gran número de oraciones que he rezado.            
 El monje dijo:
- Toma una piedra y rompe todas las nueces una a una.
El piadoso hombre lo hizo, pero vio que los frutos de todas las nueces se habían secado. Al romper las nueces, sólo quedó de su imponente colección un enorme montón de cáscaras vacías. Un rato después le preguntó el monje:
- ¿No te está dando Dios una lección sobre la vaciedad de tus oraciones?

(Autor desconocido)

No es necesario ponderar el valor y la necesidad de la oración, a pesar de que en este mundo nuestro, tan secularizado y pragmático, se la considere como una actividad inútil. El ser humano necesita de la oración como el aire para respirar. Pero conviene distinguir entre oración y oraciones, entre orar y rezar.
Decía Guillermo Rovirosa con gracejo y como riéndose de sí mismo: “Yo era aficionado a toda clase de oraciones, las clasificaba y las coleccionaba; hacía coctel de oraciones que me relamía los dedos, y hasta las “fabricaba” por mi cuenta, lo cual me ponía contentísimo y muy satisfecho de mí mismo. ¡Qué tío!  Ahora me esfuerzo para dejar de ser hombre de oraciones, para llegar a ser hombre de oración, pero… ¡qué lejos estoy!”
Ya lo había dicho antes Jesús: “Al orar no os pongáis a repetir palabras y palabras, como hacen los paganos, que se imaginan que Dios les escucha solamente cuando dicen largas oraciones”. (Mt. 6, 7)
Lo cual no quiere decir que, en muchas ocasiones, las palabras no nos sean muy útiles. Quizás, lo mejor que podemos hacer cuando nos pongamos delante de Dios, es tomar la actitud del niño pequeño en brazos de su madre: dejarse querer.

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